Pactos rotos

Preciosa publicación sobre los árboles, esos seres a los que Tolkien doto de vida y que nuestro modelo aniquila.
Traduzco el inicio porque me ha encantado el texto de Mark Stewart. Me ha recordado a un microrelato que escribí hace casi diez años.
Conciencia
¿De dónde viene, la idea de que los árboles no tienen noción del mundo humano? ¿Cómo podrían no hacerlo? Amputamos sus extremidades. Evisceramos sus raíces. Pelamos sus cuerpos hasta llegar a su médula, para borrar los anillos concéntricos que son la fosilización del tiempo en sí, las delicadas trazas que tanto recuerdan a un boceto de Da Vinci.
Los anillos cuyas oscilaciones silenciosas, tan invisibles para nuestros ojos como la órbita de un electrón, registran el paso del tiempo de una manera que nuestros relojes digitales nunca podrán. Una vez derribados, esos cuerpos son tratados como cadáveres a la espera de ser apilados e incinerados o convertidos en objetos efímeros.

La conciencia de los árboles, me atrevo a decir su sensibilidad, proviene de su capacidad para soportar y percibir el mundo no arbóreo de la misma manera que perciben las estaciones cambiantes. Ya no se puede decir que los árboles prosperan con los estímulos estacionales, porque los árboles dejaron de ser capaces de prosperar hace milenios.
Inglaterra solía ser una tierra verde y agradable. Hoy, infectada por un virus económico destilado en los invernáculos del comercio e industria, apenas es verde y rara vez es agradable. 
Nuestros campos son hoy estériles y silenciosos; cementerios sin lápidas, barridos por pólenes tóxicos y polvo corrosivo. Nuestros ríos y arroyos están llenos de efluentes y plásticos. Los bosques, los pocos que quedan, están desprovistos de vida.
El arca, que debería estar llena hasta la línea de flotación con sus preciosas cargas, está en silencio y vacía. ¿Dónde se han ido todos los animales? Queda muy poco de la naturaleza en el mundo natural. Pronto, como ocurrió con la antigua magia de las tradiciones y las leyendas, desaparecerá por completo.
Vida
Los Merlines lo entendieron mucho mejor que nosotros. Entendieron que los altos bastiones eran centinelas, tan antiguos como las piedras megalíticas, cuyo latido era el de la  misma Tierra.
En tiempos menos intolerantes adorábamos a los dioses de piedra, al río, la madera y la tierra. Sobre todo, a la tierra; el suelo fértil de la Tierra.
Hubo un tiempo en que teníamos un pacto con la Tierra y las criaturas con las que compartimos el espacio de vida: no matarás indiscriminadamente y a sangre fría. No codiciarás la tierra de tu prójimo. No cometerás atrocidades. 
Promesas incumplidas, esparcidas al viento. Fue entonces cuando las piedras megalíticas se callaron, mudas por las injusticias de los hombres. Y con el tiempo, la ausencia del canto de los pájaros se asentó en la tierra como un manto, una mortaja de piedra.
Vacío
La plantación de árboles debería formar parte del plan de estudios nacional. En lugar de implantar la idea de que la naturaleza es simplemente un recurso para ser usado y desechado, deberíamos volver a conectarnos con los árboles. Aunque tendríamos que invocar a la buena suerte para encontrar uno que no esté muriendo, envenenado por las emisiones cancerígenas de centrales eléctricas, humo de automóviles o de chimeneas de fábricas. 
Tolkien tenía razón: los árboles viven en manadas. Deberían caminar por nuestro campo en formación estática, en una gran procesión.
Pero demasiados han sido derribados en la ‘tierra de nadie’ creada por los agronegocios, por los Chemical Brothers (usando el nombre tan perfectamente acuñado por el granjero y escritor John Lewis-Stempel) y por los humanos que afirman ser los únicos seres con alma que habitan la Tierra.
Pájaros, mamíferos e insectos son asesinados, para obtener ganancias, por una guadaña que nunca se deteriora, con su filo siempre afilado por el motor de la economía. 
Así es el inquietante anfitrión que ahora ocupa el paisaje vacío de la naturaleza. Un paisaje en gran parte invisible para quienes ocupan nuestros pueblos y ciudades. Pero los árboles, los árboles todavía lo ven todo.
Ver publicación completa (inglés)

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