Historical context of the Commons

«Earth, water, air and fire (what we would call, in contemporary terms, energy) have, for thousands of years, been considered primary elements and the common base materials of life, ever since the dawn of Western philosophical thought in ancient Greece. In the Metamorphosis by Ovid – a classic of Latin literature written more than two thousand years ago – the goddess Latona thus addresses a group of peasants who refuse to allow her to drink from a pool: “Why do you refuse me water? The common use of water is the sacred right of all mankind. Nature allows to no one to claim as property the sunshine, the air, or the water. When I drew near, it was a public good I came to share. Yet I ask it of you a favour (…). A draught of water would be nectar to me; it would revive me, and I would own myself indebted to you for life itself». These words condense the elements that were to proper legal regulation more than five hundred years later, in the Justinian Code. Contrary to the res nullius – goods that belong to no one and that can therefore be appropriated by whoever takes them first – air, water and sunshine are natural commons, that belong to everyone and because of this cannot be appropriated privately and exclusively by any one person. These are not goods from which is legal to make profits. They are inalienable goods, which are not even at the Princeps -that is, the Roman Emperor’s- disposal. Goods that are essential for life, hence connected to the fundamental rights of every human being. Rather, to be precise, the natural commons are in fact common to every living being – plants and animals included – if we do not want to remain trapped in a strictly anthropocentric point of view.
Nevertheless, over the centuries, the number of commons that have been annihilated and privatised has slowly grown: at the time of Justinian no one could have predicted that one day modern capitalism would be born of “enclosing” these goods nor that there would be a successive push towards privatisation, not only of the land but also of seeds and biodiversity, and then water, air and even knowledge itself (for example, through intellectual property rights).
By Michael Bauwens

The commons are vital to a sustainable economy

Since the first limited liability companies – the Dutch and British East India Companies – were formed, we have seen the kidnapping and enslavement of 20–60 million African people and the rape, murder and exploitation of indigenous people around the world. Colonisation was primarily about mercantile empires, not political ones. It was all about forcing indigenous, communitarian people to accept private individual ownership of resources, which could then be alienated, either by being bought or stolen. (Tanczos in Wall 2005: xiv)
The commons overcomes many of the problems with traditional state socialism because it tends to be flexible and decentralised. It has an inbuilt ecological principle based on the concept of usufruct, that is, access to a resource is granted only if the resource is left in as good a form as it was when first found. By extending this concept of usufruct, we can provide the basis of an ecological economy. By providing access, the commons enables prosperity without growth; if we have access to the resources we need, we can reduce wasteful duplication.
Preserving and extending the commons for forests, seas and other ecological resources is particularly vital. In the world’s rainforests, indigenous people almost universally use communal ownership to prevent ecological destruction of the forests. However, the commons principle can be applied far more widely. In the form of free software and access to the World Wide Web, it has already transformed the knowledge economy and decommodified access to culture and information. This, of course, is still imperfect: people in poorer communities may lack access to the Internet, and free Internet resources are still used to generate sales revenue.
Yet it already has had an extraordinary impact and shows that alternatives to private ownership are possible. It has already redistributed income from media corporations to consumers. 
Derek Wall, ‘The rise of the Green left’

Axeda, el futuro de Internet

Lo que algunos llaman el Internet de las cosas es ya una realidad. Los sensores se multiplican en redes públicas y privadas para tomar datos de temperatura, carga, tráfico, iluminación, rendimiento de maquinaria, volúmenes de líquido en tanques y cualquier otra cosa que pensemos que puede ser medida y cuya lectura pueda aportar un valor añadido a la optimización en la gestión de los recursos que nos rodean.

Muchas compañías están desarrollando esos sensores, otras han apostado por gestionar la información que todos esos sensores del Internet de las cosas envían por segundo. El líder es Axeda, que gestiona 10.000 transacciones por segundo, más de lo que gestiona Twitter en sus picos, que rondan los 7.000 twits por segundo.
Quizás me equivoque, pero si tuviese que apostar por un ganador en la carrera de la interconexión de las cosas a Internet, apostaría por Axeda.

¿Hasta dónde queremos seguir creciendo?

En los últimos 150 años el mundo ha sufrido la transformación más radical de su historia: primero con la llegada de los motores de vapor y, más tarde, con los de explosión en sus dos principales versiones (Otto y Diesel). La máquina de vapor inicialmente funcionaba con madera, pero pronto pasó a hacerlo con carbón, debido a que el ritmo de explotación de los bosques se hizo insostenible en la Inglaterra del siglo XIX.


Esto provocó la primera explotación masiva de los recursos energéticos del subsuelo. Por primera vez en su historia, los humanos empezaron a utilizar masivamente recursos energéticos de la litosfera.
Hoy en día las máquinas multiplican la capacidad de realizar trabajo del propio metabolismo de los seres humanos hasta extremos que dañan aceleradamente la propia base del recurso que les permite vivir: la biosfera. En la actualidad, la sociedad humana se mueve, con los desajustes y desequilibrios en el reparto de los recursos que todos conocemos, con prácticamente un 82% de los aportes energéticos que obtiene de la litosfera. Es preciso destacar que se trata de fuentes energéticas limitadas, finitas.
El 18% restante, que proviene de la biosfera, está constituido por los saltos hidroeléctricos, que en algunos continentes, como el europeo, están agotados en un 85% de las grandes cuencas fluviales, así como en el uso tradicional de la biomasa (madera, leña, residuos agrícolas, bostas de vaca, etc.), que todavía para muchos países pobres representan un 30% de su uso energético total, mientras que para otros más avanzados apenas suponen el 3%. En el ámbito mundial, la biomasa constituye aproximadamente un 10% de la energía primaria que el mundo consume, pero no deberíamos esperar aumentos en los aportes de esta fuente bidimensional, porque ya hemos hecho desaparecer el 50% de los bosques originales del planeta y el ritmo de destrucción neta de los mismos (deforestación, menor crecimiento natural e insuficiente reforestación artificial) se sitúa en un 1% anual.
Llegados a este punto, añadiré que quienes estamos preocupados por los aportes energéticos en este mundo solemos citar al célebre economista Kenneth Boulding, de la American Economic Association y de la American Association for the Advancement of Sciences: “Quien crea que el crecimiento exponencial puede continuar para siempre en un mundo finito es un loco o un economista”.
Hoy consumimos unas 20 veces más energía que a principios del siglo XX. La población humana se ha multiplicado desde entonces por un factor algo superior a 6, lo cual quiere decir que los 7.000 millones de seres humanos actuales consumimos, en promedio, unas 3 veces más energía per cápita que el ser humano de principios del siglo XX.
Esta ingente capacidad de movilización humana es posible porque el 82% de la energía se extrae de fuentes no renovables de la tercera dimensión, de la litosfera. No es por factores monetarios o financieros. Se trata de fuentes de energía que están sujetas al agotamiento. Incluso la parte correspondiente al 10% de la energía primaria mundial, que proviene de la biomasa y se supone renovable, tiene también un elevado porcentaje de agotamiento y no renovabilidad, porque se explota a mayor ritmo que el de reposición natural. Por ejemplo, si un bosque se poda a una velocidad inferior a la del crecimiento de sus ramas, el recurso es renovable; si en cambio se expolia a una velocidad superior, el bosque desaparece y deja de ser un recurso renovable. Podría decirse que es cosa de Perogrullo, pero algunos economistas no parecen entenderlo.
Por si fuera poco, las últimas mediciones indican que ese consumo de energía que propicia una transformación tan brutal de los recursos naturales para la obtención de bienes y para la prestación de servicios ya sobrepasa entre un 40 y un 50% lo que se ha dado en llamar la capacidad de carga del planeta; esto es, la capacidad que tiene la biosfera de regenerarse a su ritmo natural de reemplazo para seguir manteniendo la base de recursos vitales que dan vida a este mundo. Por su parte la litosfera, si es que se regenera, lo hace a ritmos geológicos, que quedan fuera de nuestra escala.
Es obvio que el crecimiento no es algo malo y, como bien dice Torres López, es mucho más convincente y agradable como concepto que el decrecimiento. Pero la Naturaleza ha dispuesto que todo ser vivo crezca, llegue a un pico o cenit vital y luego venga su declive, su decrepitud progresiva, su envejecimiento y su muerte. El hecho de que los individuos estén sometidos a ese ciclo es lo que permite que las especies se sostengan de forma estable. Nunca antes de nuestra civilización actual se había ignorado, despreciado o ninguneado hasta tal punto este principio inmutable, inexorable y natural.
+ artículo completo de Pedro Prieto